jueves, 30 de agosto de 2018

Robert

La mirada de mi padre, Jacob, no podía ser más severa en el momento que colgué el teléfono. Ambos estábamos a solas, reunidos en su despacho en el piso superior de Grey Constructions. Su mesa, enorme e imponente, nos separaba a ambos. Él se apoyaba sobre los codos y a su vez, la cabeza sobre sus nudillos. Me estaba fulminando esperando a que le dijera el por qué debíamos interrumpir la reunión -¿Otra vez la chica?- preguntó tan gélido como una ventisca de invierno
-Me temo que sí- asentí y procedí a levantarme con cautela, despacio, esperando el ataque
-¿Hay algo que esa maldita mocosa no sepa solucionar sin ti, Robert?- preguntó por fin, aunque sorprendentemente sosegado
-Padre, es mi novia. Vamos a casarnos, por favor...- supliqué bajando la mirada
-Te diré algo, Robert- se reclinó sobre su fantástica silla y cruzó las manos sobre su vientre -Novia, esposa. El amor en general. Diablos, como si fuese tu esposo y te gustara chupar pollas... todo, todo eso- señaló con un dedo a un lugar imaginario -Es lastre. Todo es un lastre en esta vida, en estos negocios-
-Supongo que sé de lo que hablas-
-Sí, sabes de lo que hablo- se levantó el también y caminó unos pasos hacia el ventanal que tenía a sus espaldas. Desde ahí arriba, casi se veía toda la ciudad y Saints Gate no era precisamente pequeña -Me deshice de tu madre hace muchos años por la misma razón, hijo. No espero de ti cosa diferente-
-Rose no será un peso muerto como lo fue mi madre- aseguré
-¿Ah, no?- se giró levemente, mirándome por encima del hombro -Pues ahí estás, de pie en lugar de sentado. Cambiando la conversación que estábamos teniendo sobre la influencia de los putos chinos que están expandiéndose por nuestro territorio- su voz comenzó a encolerizarse. Se giró para mirarme con el ceño tan fruncido que hasta a mí me dolía -Derivas la importancia de nuestros negocios, de nuestro creciente imperio, por no se qué problema habrá tenido ahora el coño de turno- hizo un aspaviento con la mano, como si tirase algo sucio al suelo.
-Un problema de tráfico. Está en el hospital- confesé
-...¿Lo ves?- se apoyó sobre la mesa como un gorila, dejando el peso sobre sus manos -Es una mujer joven, demasiado joven. Es ignorante, idiota, torpe- negaba con la cabeza mientras enumeraba los, para él, infinitos problemas que tenía mi chica -Una mujer como ella sólo te llevará a la ruina Robert, porque yo no estaré siempre aquí para sacarte las castañas del fuego-
-Te prometo por mi vida, padre, que ella no será un problema para la Familia- me di la vuelta, deseando concluir la conversación. No iba a ser tan fácil
-¿La Familia?- habló como si estuviera sorprendido -La Familia...- asentía, con las cejas alzadas -Tú mismo, Robert, eres el mayor problema actualmente para la Familia- golpeó la mesa -¡Tú, maldita sea! ¿Cuando vas a tomar las riendas del negocio? ¿Cuando te vas a ocupar de nuestros enemigos? ¡¿Cuando cojones vas a aprender a empuñar un arma para protegerte y para subir podios en esta vida de mierda!?- volvió a aporrear la mesa -¡Porque si te preocuparas por la Familia, mocoso ingrato, estarías yendo al hospital ahora, sí, pero no con un móvil nervioso en la mano, sino con una pistola, para silenciar a esa maldita desgraciada que tienes por futura esposa: por torpe, por trepa y por inútil!- tronó -Cualquier día meterá la pata. O la meterás tú por ella, por estar tan encoñado. Debo suponer que la chupa de vicio, o que tiene un verdadero tesoro entre las piernas. O desnuda debe ser una diosa, como no lo aparenta vestida- me temblaban las manos. Me mordí la lengua -Porque te aseguro que no lo entiendo. No lo entiendo. Y sabes, hijo mío, que detesto que algo escape a mi entendimiento y comprensión-
-Sí, padre- dije finalmente -Lo siento, por todo- y me marché cerrando la puerta con la suavidad de la seda.

Jack

-Pues estás de suerte, muchacho. No tienes heridas graves. Un par de rasguños, unos moratones... y poco más- sonrió la agradable enfermera de cabellos rubios como el sol -¿Necesitas algo? Hasta que te demos el alta dentro de un rato puedes pedir lo que quieras- me guiñó el ojo
-¿Debo suponer que puedo pedir una como tú para llevar a casa?- correspondí con media sonrisa
-Mmm... Supongo que debo preguntar en cocina- dijo sugerente
-En la pastelería, querrás decir- ante aquel comentario, me dio con el informe en el brazo y se dispuso a marcharse, despidiéndose de Rose con una sonrisa
-Supongo que no estás tan mal- dijo de brazos cruzados mi vieja amiga de... ¿la infancia? No, de hace años. Dios, cuánto tiempo hacía que no la veía... y cuánto la eché de menos, en su momento -Estaba a punto de dejaros solos- comentó
-¿Te has puesto celosa?- pregunté jocoso
-Por todos los santos Jack- bufó -¿Cómo me voy a poner celosa? Deja de decir tonterías- se la veía agitada, preocupada. No percibí en ella humor para bromas -Estabas hecho una furia hace un rato y ahora mírate, coqueteando con una enfermera y... ¿Deduzco que tratas de hacerlo conmigo? Pierdes el tiempo, te lo aseguro- dijo muy seria
-Es broma, Rose. Es sólo que hace tanto tiempo que no nos vemos que... no sé cómo empezar a hablar contigo. Y en mi defensa diré que ella- dije señalando a la puerta por donde se fue la enfemera -fue la que empezó a coquetear conmigo. Me ha tocado en sitios donde no me he dado golpes-
-No necesito datos, Jack- Rose se cruzó de brazos, desesperada
-Oye...- me recoloqué sobre la camilla -Que estoy bien ¿vale? Joder, podrías, no sé, alegrarte un poco de verme tras tantos años- me encogí de hombros
-Podría decir que me alegraría si no te hubiese atropellado, diablos- negó con la cabeza
-Me han pasado cosas peores- aseguré con media sonrisa. Ella me miró de arriba abajo
-No sé por qué me da... que puedo creerme eso- reí ante el comentario. Y ante mi risa, ella sonrió. Entonces llamaron a la puerta.

Rose abrió para dejar pasar a un elegante y bien apuesto hombre un poco mayor que yo. Le dio un tierno beso en los labios y un fuerte abrazo. La abarcaba, la protegía. Veía a Rose refugiarse en sus brazos ¿Quién sería ese tipo? -¿Es el damnificado?- preguntó, como si apenas fuera un objeto cascado por el golpe del vehículo
-Sí, es él. Lo siento tanto. Estaba tan... ocupada y nerviosa que...- se excusó
-No pasa nada- metió la mano en la chaqueta y extrajo un talón de cheques. Además, tenía un bolígrafo exquisito. Pude deducir por mis años de experiencia que por ese objeto podría sacar unos buenos dólares en una tienda de empeños -¿Tu nombre, amigo? Vamos a zanjar esto rápido ¿De acuerdo? Pon un precio, el que quieras- me miró severamente -Pero tampoco te excedas. Sé realista, aunque quizá me permita hacerme el tonto y dejar que me times un poco si, a cambio, olvidas por completo lo sucedido hoy y olvidas el rostro de Rose para siempre- escribió algo en el cheque antes de que Rose le tomara la mano
-Robert...- masculló -Te... dije por teléfono que era un amigo- el hombre la miró con duda
-¿Lo hiciste?- ella asintió -Oh, vaya... Qué cabeza la mía- el tono con el que me miró y me habló cambió drásticamente -Si eres amigo, entonces, te dejaré que subas el precio algo más-
-Espera, espera...- sonreí -¿De qué va esto, Rose?-
-Él es Robert. Es mi futuro marido, nos vamos a casar pronto. Bueno, si te atropellé fue por eso, estaba liada con asuntos de boda y me lié con los pedales, con las señales, con la vida misma- se encogió de hombros -Y bueno, digamos que a Rob le gusta solucionarlo todo a golpe de dinero-
-No hables así de mí, cariño. No querrás dejarme delante de tu amigo como un típico empresario sin corazón pero con mucho dinero en los bolsillos- fue un intento de broma. No tuvo gracia. Ese hombre no tenía ni atisvo de gracia en su voz. Había algo en él que no me gustaba. Los últimos años que había pasado con los Black Phoenix me permitió conocer a un sin fin de personas de buen corazón y de mal corazón por igual. El aura del tal "Rob" no me inspiraba nada bueno
-No necesito dinero- dije entonces -Somos amigos desde hace años, así que no tengo intención de cobrar un duro-
-Pero supongo que tendrás que arreglar tu... ¿Moto?- preguntó el tal Rob arqueando una ceja. Estudió mi indumentaria para adivinarlo. No era difícil
-Mi moto...- entonces caí en la cuenta -¿¡Mi moto!? ¡Joder!-
-Tranquilo Jack, está estacionada junto a mi coche y...-
-¡No!- me puse en pie -No es eso. No lo entendéis. Disculpadme- quise pasar entre ellos
-Eh, espera, compañero- rió Rob -Te acercaré un momento, no vayas andando-
-Tengo que irme ya-
-Vale, vale, recoge lo que tengas que recoger. Y tú, Rose. Vamos a llevarlo con su moto y ya nos ocuparemos del coche- ambos se mostraban extrañados con mi actitud. No tenía tiempo, ni ganas, ni potestad para explicar el por qué.

Por lo demás, el tal Robert conducía como me temía, lento como una tortuga. Un ricachón de esa facha bien podía ser un pedante con aires de superioridad que iba regocijándose del enorme coche que tenía - cosa que estaba haciendo - o iba tan rápido como el tren bala de Japón importándole más bien poco los daños que pudiese ocasionar. Y me tocó el lento -¿Puedes ir más deprisa?- me desesperaba
-Ya estamos. No te preocupes- afortunadamente tenía razón. Ya la veía. Estaba ahí. Apenas paró el vehículo cuando bajé y comencé a inspeccionar la moto por todas partes -¿Muchos daños? ¿De cuanto te hago el cheque?-
-Mira...- apreté los puños para no mandarle a la mierda por bocazas -Todo está bien ¿vale, tío? Podéis iros si queréis. Ya me ocupo yo. Ha sido un placer volver a verte, Rose- ambos se miraron dentro del coche
-Jack...- me llamó la chica
-De verdad, Rose. Tengo que irme- me monté en la moto y me preparé para arrancar poniéndome el casco
-Jack- llamó de nuevo, esta vez con cierta vehemencia que me trajo agradables y amargos recuerdos por igual -Ten- me dio de nuevo aquella tarjetilla que me ofreció horas antes -Mi número. Llámame si necesitas algo, si la moto está dañada y no funciona o... Bueno, ya me entiendes- la miré a los ojos a través del cristal tintado del casco. Había cambiado poco, prácticamente nada. Su cara, sus ojos, su forma de expresarse tan marcada... Era tan distinta a su prometido que me daba escalofríos -Por favor, Jack. Ayúdame al menos a sentirme mejor conmigo misma-
-Está bien- dije cogiendo la tarjeta y guardándola en la chaqueta -¿Listo?- esas últimas palabras fueron suficientes. Quizá Robert perdió un poco la paciencia, que levantó el pie del embrague, aceleró y el vehículo comenzó a alejarse. Yo me quedé unos instantes viendo el corche alejarse de mí... y luego me preparé para el infierno que, seguramente, se me iba a cernir encima.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Rose

Aquel día tenía un turno de lo más tranquilo. Tras asesorar a varios clientes y conseguir que comprasen algunos cosméticos que, durante la reunión de empleados de principios de mes nos habíamos propuesto intentar vender con más asiduidad dado el alto índice de rentabilidad que tenían, conseguí finalizar la jornada laboral satisfecha.

El negocio habría sus puertas bastante temprano, a la par que otros comercios. Se buscaba competir de forma sana pero constante, de manera que el turno de mañana terminaba bastante temprano, justo antes del almuerzo. Lo que se traducía en casi todo un día libre para mí sola cuando me tocaba cubrirlo. 

Aquel día mi padre me había dejado usar su propio coche, un montón de chatarra vieja que en más de una ocasión nos había dejado tirados en mitad de la carretera. Que mi padre me dejase el coche era algo común aquellos días en los que Robert no podía recogerme o no podía volver a casa con un compañero del trabajo, sin embargo, era algo que detestaba. Conducir era algo que se me daba bastante mal. Me ponía nerviosa, dudaba demasiado y en alguna ocasiones había llegado a tener algún que otro problema por conducir con demasiada lentitud. Por ello, se podía decir que la felicidad del día se vio ligeramente manchada por la idea de tener que volver a conducir.

Al salir de BeautyLife, me dirigí hacia los aparcamientos privados de los empleados. Antes de llegar, sentí una ligera vibración en el bolso, de manera que me detuve para abrirlo y tomar el móvil. El número que aparecía en la pantalla no estaba fichado, pero sin embargo, podía adivinar que se trataba de algo importante dada las próximas fechas. Descolgué el teléfono y una voz femenina y madura contestó. Se trataba de la wedding planner que Robert y yo habíamos contratado hacía ya algunos meses. Se me había olvidado que aquel día era la fecha límite para concretar algunos detalles de la futura ceremonia, de forma que durante segundos, sentí que el mundo se me venía encima — Vaya por Dios. Casi lo olvido — reí nerviosa. Para mi alivio, la mujer no pareció molestarse. Al contrario, afirmó estar acostumbrada a tratar con descuidos, olvidos y mucho estrés. —Por favor, hazme un repaso. ¿Qué cosas tenía que tener claras hoy? Acabo de salir del trabajo y tengo la mente en blanco—

Mientras la mujer enumeraba una larga lista de cosas entre las que se encontraba el decorado, las invitaciones, el catering, las flores nupciales e incluso las luces que colgarían del techo de palacete en el que se celebraría el acontecimiento, yo me limité a llegar hasta el coche y ponerme en marcha. Coloqué el teléfono móvil en el hombro tras arrojar el bolso en el asiento del copiloto, de forma que contaba con ambas manos para conducir. —A ver, a ver, a ver...— suspiré —Aun no puedo darte un numero exacto, ya sabes. Pero Robert y yo hemos avisado al rededor de unas cien personas. Es posible que no todas asistan, claro. O que alguna se una en el último momento. Podríamos encargar ciento viente invitaciones, por si acaso. — expliqué mientras tomaba una glorieta para salir de la larga avenida. La mujer hizo una larga pausa en la que, seguramente, tomaba nota en alguna libreta llena de anotaciones de colores, o al menos así pude imaginarla. —Por otro lado, hemos decidido que sea una fiesta nocturna. — añadí y una vez más, ella volvió a anotar. Entrecerré los ojos para pensar en cosas que había ideado o alguna otra cosa importante que decir, pero no encontraba nada más. Entonces, ella comenzó a hablar de la decoración. Explicó que había pensado colocar flores en los extremos de los bancos de la iglesia de Saints Gate, a la vez que decoraría los centros de mesa del palacete con las mismas. —Lo que más te guste. Lo dejo en tus manos.— Ella volvió a escribir y preguntó por el color —¿Como crees que se luciría el azul? — oí un largo suspiro acompañado de un chasqueo de lengua —De acuerdo, de acuerdo. — me tomé unos segundos para reflexionar y pensar en la paleta de colores escupida sorbe la iglesia —No quiero que sea dorado, parecería demasiado pretencioso. Prefiero colores suaves.— me mordí el labio inferior — ¿Qué tal flores lavanda? Estaba pensando que ese podría ser también el color del vestido de las damas de honor.— Esta vez, la mujer dio su aprobación. Aproveché sus segundos de escritura para volver a prestar atención a la carretera. Me había equivocado de dirección y juraría que alguien me había pitado por detrás.

Si bien pensé que tras aquellas ideas, la wedding planner colgaría el teléfono, sucedió todo lo contrario. Empezó a recitar como si de una poesía se tratase los diferentes tipos de menú que había pensado. Todo un completo de carne, pescado, verduras, bebidas exquisitas, frutas exóticas y dulces de lo más apetecibles. Mentiría si dijese que las tripas no me sonaron mientras la escuchaba. —Está bien, está bien. Lo comentaré con Robert — Por último, antes de despedirse, preguntó si mi prometido y yo nos habíamos aprendido ya algunos pases de baile. ¡El Vals! ¡Me había olvidado completamente! — ¡Madre mía, no me había...!—

Un golpe contundente hizo que el coche vibrase y que yo pisase el freno con terror. Me había saltado una señal de stop y había invadido una carretera que estaba siendo transitada.

Las manos me temblaron cuando solté el volante y el móvil calló al suelo, aún emitiendo preguntas preocupadas de la mujer. Alargué la mano para cogerlo y colgué la llamada. Lo mantuve en la mano, pues algo me decía que iba a tener que llamar a alguien y de urgencia.
Tragué saliva. Con un tremendo miedo en el cuerpo, abrí la puerta del coche y salí del mismo. Había una moto de color negro, brillante, tirada en mitad de la carretera. Poco más alejado de la misma, un hombre con casco se debatía por ponerse en pie mientras era rodeado por cada vez más personas que se encontraban cerca de aquel escenario. El brazo le sangraba y un pedazo de pantalón se le había rajado unos centímetros, dejando ver una rodilla igualmente sangrante.
—¡Cabrón, hijo de la gran puta! ¡Te has saltado la señal! ¡Como le hallas hecho algo a mi moto te juro que la vas a arreglar con tu puta saliva!— aquellos gritos cargados de insultos hizo que Rose echara a sudar como si hubiese corrido un maratón allí mismo. Las piernas le temblaron mientras se acercaba al hombre al que acababa de atropellar.
— Dios mío, lo siento muchísimo. De verdad. Ha sido un despiste.— comencé a decir —Puedo llamar ahora mismo a la aseguradora y pondremos solución a esto. Lo siento, lo siento, lo siento.— repetí. A mi al rededor, la gente me lanzaba miradas de total desaprobación. Murmuraban sobre el enorme error que había cometido y juraban cuan catastrófico pudiese haber llegado a ser. Por mi estabilidad emocional, decidí ignorarlos.
— ¡¿Eres consciente de lo que me cuesta mantener esa moto?! ¡Y me has arrojado a la carretera! ¡¿Ahora donde coño está mi móvil?!— siguió gritando el hombre una vez consiguió ponerse en pie. Se palpaba de forma frenética la ropa, buscando aquel teléfono que había perdido y que no llegaba a encontrar. Dada la situación, podía adivinar que había salido despedido de alguna forma.
— Lo siento. Le conseguiré otro, de verdad — tragué saliva. —¿Está bien? Voy a llamar a una ambulancia— comenté con decisión. Marqué el número de teléfono de Emergencias con dificultad, dado que los dedos me temblaban tanto que resbalaban por toda la pantalla táctil.
Posteriormente, conseguí hablar con una teleoperadora mientras el hombre al que podría haber matado seguía hecho un basilisco. Tras darle todos los datos de ubicación, colgué el teléfono y me armé de valor para mirar a la cara al hombre. —Oiga, escúcheme. La ambulancia está de camino. Voy a darle mi número de teléfono ¿De acuerdo? La aseguradora pagará todos los desperfectos que le haya podido ocasionar y yo misma le compraré un móvil nuevo si el suyo no aparece. Tranquilícese.— cada palabra que dije, salio de mi boca empapada en magma ardiente. Tenía la boca seca y pastosa.
— ¡No quiero otro puto móvil! ¡Quiero mi móvil! ¡Tenía cosas importantes! —
— Le he dicho que le compensaré — repetí desesperada.

El hombre terminó por quitarse el casco, el cual arrojó con desgana al suelo. Su pelo estaba empapado en sudor y tenía una barba muy desaliñada. Era joven, pero su rostro estaba salpicado por un sin fin de marcas de cansancio y preocupación. En resumidas cuentas, tenía muy mal aspecto. —¿Necesita llamar a alguien? Puede coger mi teléfono — extendí el brazo con el móvil en las manos. El chico suspiró pesadamente. Miró el móvil y después apartó la mirada de nuevo. Entendí que no quería nada de mi en aquel momento, de manera que pegué de nuevo el brazo al costado y se me acabaron las ideas. ¡¿Podía ser mas irresponsable?! Cuando Robert se enterase...
— Te va a costar muy caro esto —
— Lo siento mucho, de verdad —
— Joder... — gruñó el hombre, que se llevó una mano al brazo. Tenía la piel raspada y no paraba de sangrar. Retrocedí unos pasos hasta volver al coche y tomé el bolso. Del mismo saqué un pañuelo blanco con bordes dorados. En una esquina, estaba grabada la inicial de Robert y la mía. Se trataba de una muestra de mantelería para la boda que la wedding planner nos dio hacía unas semanas. Ahora, por fin, iba a tener verdadera utilidad.
— Use esto. La ambulancia no va a tardar —
— No quiero una maldita ambulancia — volvió a quejarse. Esta vez, aceptó coger el pañuelo, y al hacerlo, me miró por primera vez.

Sentí que estaba reparando demasiados minutos observándome, pero supuse que sólo estaba tratando de pensar una manera de hacerme pagar por lo que había hecho. Sin embargo, aquel estudio tan detenido se prolongó tanto que acabé mirándole para saber que ocurría. Y entonces, sus ojos brillaron. — ¿Rose? — Ante aquella pregunta no pude hacer otra cosa que arquear una ceja y fruncir el ceño después.
— ¿Me conoces? —
— ¿No te acuerdas de mi? — El sonido de la sirena de la ambulancia llenó las calles y eclipsó el murmullo de quienes seguían observando la escena.
Ladeé la cabeza, intentando encontrar un rostro familiar bajo aquella barba raída, pero me costó bastante.
— Soy Jack —  Y entonces, abrí los ojos de pura sorpresa. ¡¿Jack?!


En primera instancia, Jack no quería ser atendido por los enfermeros que se empeñaron en estudiar las heridas que la caída le había proporcionado. Yo por mi parte insistí, de manera que, finalmente, Jack se dejó tratar. Los enfermeros aseguraron que el protocolo tras un accidente de tráfico les obligaba a trasladar al herido a las instalaciones hospitalarias para poder realizar pruebas exhaustivas de que no se había provocado ninguna lesión interna y descartar un posible malestar posterior. Aparqué el coche en un hueco entre dos furgonetas y entré en la ambulancia para acompañar a Jack. Durante todo el trayecto, fui incapaz de decir nada.

Al llegar al hospital, los enfermeros llevaron al hombre hasta una sala en la que le curarían las heridas. Posteriormente, quizá, le harían algún escáner. De manera que aquel día, al final, no iba a llegar pronto a casa.

Me dirigí hacia uno de los pasillos del hospital algo nerviosa. Tomé de nuevo el móvil y marqué el número de Robert. El día anterior me había dicho que estaría muy ocupado hasta la noche, pero estaba demasiado nerviosa y perdida como para no pedirle ayuda — Robert, sé que me dijiste que no te llamase, pero... tengo un problema muy gordo — expliqué — Estoy en el hospital. Acabo de atropellar a un amigo. Por favor, ven en cuanto puedas.—
Thomas

Aquella noche, las sirenas de policía resonaron a lo largo de las calles de Saints Gate mientras que yo, bueno, podía decir que estaba tranquilo. Un robo a mano amada con heridos graves rumbo al hospital. Al menos el criminal había sido detenido ¡Qué alivio! Me desabroché un botón de la camisa azul y me peiné los cabellos hacia atrás para refrescarme un poco a mí mismo mientras que mi viejo compañero, el inspector William, se acercaba. Su fuerte y gran manaza en mi hombro me hizo sentir bastante reconfortado. La sangre, pese a ser policía, no era precisamente lo mío -Lo has hecho bien, como de costumbre, detective Walker- dijo con aires de superioridad
-Gracias Will- le sonreí
-Déjate de Will, capullo- comentó entredientes -Que estamos trabajando. Muestra profesionalidad-
-Sí, Inspector- asentí con seriedad. William terminó estallando en carcajadas. Siempre me hacía la misma jugada. Maldito imbécil... pero le apreciaba, pese a todo. Era casi mi mejor amigo
-Siempre te la comes doblada ¿eh?- hubo un breve silencio -Eh... sin querer ofender ni bromear sobre tu orientación sexual. Ya sabes. Yo soy legal. No discrimino. Si te gustan las... Bueno, tú me entiendes- le sonreí con compasión
-Los hombres, Will. Sí, me gustan los hombres. Me gusta mi novio- suspiré -Ya te he dicho decenas de veces que no me molestan esos comentarios. Era una forma de hablar, una frase hecha. Y aunque trataras de picarme con comentarios sobre mi orientación sexual, he de decirte que no lo conseguirías ¿Por qué debería herirme que me dijeras que me gustan las... pollas?- la palabra era soez. No me gustaba. Me educaron con buenas formas. No me iba demasiado el decir palabras malsonantes -¿Te ofende a ti que te diga que te gustan los coños?-
-La verdad es que no. En absoluto. Me gustan- me rodeó con el brazo. Olía a café, ahora que lo tenía tan cerca. Siempre olía a café. Su barba blanca me raspó la mejilla -Oye... entre tú y yo, ahora en serio... Llevamos años siendo compañeros ¿Nunca te has comido uno?-
-Vete al cuerno- le di un codazo y me lo quité de encima
-Deberías probar uno. Quizá te haga cambiar de idea- se mofó
-¿Sí?- reí por igual, caminando hacia el coche, pues el trabajo estaba hecho -Pues igual lo hago-
-¿Hablas en serio?- se sorprendió
-Sí, cuando te vea con un pene en la boca, probaré yo una vagina. Quién sabe, quizá te haga cambiar de idea-

Llegar a casa era uno de esos mayores placeres que jamás había experimentado y más desde que ingresé en el cuerpo de policía. El insertar la llave en la cerradura, girar el cerrojo, oír el suave "click" mientras la puerta comenzaba a ceder. Era casi como si viniese alguien a decirme que era millonario de forma repentina -¡Eh!- saludé con efusividad cuando Percy vino a saludarme. Era un encanto de perro, pequeño, una mezcla entre yorkshire y sabía dios qué más. Lo encontré callejeando cuando era apenas un cachorro y no me pensé dos veces el traerlo a casa conmigo, y con Nathan
-¿Ya has llegado?- Nathan se asomó al pasillo con su flamante sonrisa
-Nope- suspiré, cogiendo al perro en brazos y lanzándome al sofá a toda velocidad -Dame una hora y estoy en casa- comenté de forma sarcástica
-¿De mal humor?- me miró comprensivo
-Cansado, nada más- me encogí de hombros mientras Percy me lavaba cada poro de la piel con dulces y cariñosos lametazos
-Pues venga, a cenar y a la cama- sonrió
-Eres mi héroe...- me levanté con pereza y ambos nos dirigimos a la cocina. Estaba deseando meterme en la cama tras una reconfortante ducha.

No eran ni las 4 de la mañana cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. En el silencio de la noche hasta la melodía más dulce podía resultar penetrante. Tanto Nathan como yo nos despertamos con un sobresalto. Al espabilarse y darse cuenta de que era mi móvil, me disparó una mirada fulminante -Tengo que cogerlo...- lo cogí con pereza y observé la pantalla borrosa a mis ojos. Pronto pude vislumbrar el nombre de Will en la pantalla -Es William...-
-Pues cógelo y tened una cita de una vez. Joder, te llama más que yo- dijo entre bromista, quejica y celoso
-Seguro que es trabajo- bostecé y descolgué -¿Qué pasa, Will?-
-Hola bella durmiente. Levanta el culo, te necesito- dijo tan alto que hasta Nathan lo pudo oír
-¿Que me necesitas? Una leche Will. He terminado mi turno hasta mañana-
-Necesitamos efectivos Tom y tú eres detective del cuerpo. Me temo que tenemos a uno gordo en la ciudad- suspiró -Mira, no hay tiempo ¿vale? Ven y te lo explicaré todo. Te pido disculpas por adelantado, a ti y a Nathan, que seguramente me estará oyendo- miré a mi lado en la cama y sí, estaba oyendo
-Sí, te oye...-
-Hola Nathan- saludó efusivo Will pese a tenerme a mí al teléfono. Mi pareja puso los ojos en blanco
-Me... vestiré e iré ¿A dónde tengo que dirigirme?-
-Vente a los muelles y rapidito. Parece que tenemos un nido de cucarachas bien gordas. Las tríadas, chico. Mafias chinas han empezado a anidar por nuestra puñetera ciudad y ni nos hemos enterado-
-Joder...- miré a Nathan con cierta preocupación. Sí que eran malas noticias.
-Venga, ven aquí. Hay mucho que buscar, mucho que incautar y muchos que detener- la llamada telefónica se cortó entonces, suspiré y me levanté para vestirme. Una alegre nueva jornada de trabajo para nada inesperada y en absoluto explotadora. Maldita ciudad.

Jack

Al llegar la mañana pude ver que fui el último en levantarme, y eso que curiosamente era el único de todos que no había bebido hasta caer borracho como una cuba. Salí de la habitación que habíamos seleccionado como "catre" al fondo del viejo local sólo para encontrarme con que todos se habían reunido en círculo en torno a una mesa, con Josh al frente, echand chispas -Eh, qué pasa- saludé rascándome la barba
-¿Que qué pasa?- gruñó Josh -¿Has dormido bien, Jackie?- preguntó con voz hostil
-...Sí- dije sin más, despreocupado -¿Qué pasa? ¿Y esos aires?-
-Nos han jodido el negocio- tiró un teléfono móvil antiguo de mala gana sobre la mesa -Anoche la puta policía encontraron los alijos que ibamos a disperar. Me cago en su puta vida- pateó la mesa, el sofá y una silla -¡JODER!-
-Eh, cálmate- sugerí -Encontraremos otros negocios Josh-
-¿Que me calme? ¿Tú me vas a decir a mí que me calme? Ah, claro- anduvo hacia mí a toda prisa. Me tomó con sus manazas del cuello de la camiseta y me levantó un centímetro del suelo obligándome a estar de puntillas. Era fuerte y tenía muy mala baba -Qué fácil es decirlo ¿verdad que sí, capullo? Tú nunca te preocupas por nada. Te conformas con ser el chico de los recados. Dejas que seamos los demás quienes nos comemos la olla y encima nos dices que nos calmemos. Te pueden dar por el culo Jackie. Bien fuerte, hasta el fondo. Que te salga por la boca atravesándote la garganta- gruñó enseñando los dientes
-No pretendía ofender- traté de suavizar la situación mostrando calma -Sólo digo que podemos buscar otra manera. La ciudad es enorme, tío-
-Tío...- me soltó con un empujón -Tío, dice...-
-No es tan sencillo- dijo Dave -Seguramente estarán buscando a los que tengan estos móviles, pues los señalan como cómplices, distribuidores. Son móviles antiguos con números únicos. No tienen nada en la memoria, sólo el número del jefazo principal-
-Pues deshagámonos de él- me encogí de hombros
-Si encuentran la forma de salir del embrollo y llaman y no contestamos, van a venir a por nosotros. Nos tacharán de chivatos o peor, de polis infiltrados. Ya es mucha casualidad que lleguemos nosotros a la ciudad, acuerden un trato de distribución con nosotros y les pillen- suspiró. Sus alegaciones hicieron que Josh se ennervara mucho más
-Así que estamos entre la espada y la pared. Si no nos jode la poli nos jode una mafia más grande que nosotros- me crucé de brazos -Y yo que pensaba que ibamos a estar bien en este lugar-
-¿¡Te estás burlando de mí o qué, payaso!?- tronó Josh -¿Tratas de decirme algo? ¿Pones en tela de juicio mi liderazgo? ¿¡Tu lo habrías hecho mejor!?- Dave se adelantó velozmente a detenerlo, agarrándolo del brazo
-El chico no ha dicho nada, Josh. Sólo lo que todos esperábamos, prosperidad en Saints Gate- le dijo en baja voz para tranquilizarlo. Si no lo hubiese hecho, seguramente Josh me habría tirado algo a la cabeza. Estaba quemado y furioso como nunca lo había visto. Se soltó del agarre de Dave con furia. No se pegaron, seguramente, porque eran los primeros miembros de los Black Phoenix y eran a todas luces hermanos. Se necesitaban mutuamente. Yo era el último en la cadena de mando, el chico de los recados, el nuevo, pese a llevar años con ellos... A ojos de Josh, era prescindible. Y por eso me toleraba. Era útil tener a un chivo expiatorio. Por suerte nunce cometí un error para ganármelo.

De pronto, dicho teléfono móvil sonó y Josh corrió a descolgar -¿Sí?- esperó respuesta -Sí... somos nosotros. Ya, lo hemos oído- Josh nos miró a todos -Sí... Sí. ¿Seguro?- esperó respuesta nuevamente -Lo pillo. De acuerdo, de puta madre- sonrió. El resto nos tranquilizamos -Ahora mando a uno de los muchachos para allá. Me alegra saber que no habéis perdido la confianza. El futuro es brillante- y colgó -Todo listo-
-¿Qué ocurre?- preguntó Dave, extrañado
-La policía metió las narices pero el jefe de esos tipos se escapó. Quiere que vaya uno de los nuestros a buscar mercancía para una prueba de distribución- anunció el líder -Y creo que hay uno de nosotros que ha dormido muy, muy bien y está más que descansado ¿Verdad, Jack?- todas las miradas se centraron en mí. Sentí un leve escalofrío
-Sí, claro- dije tratando de mostrarme sereno
-Pues coge la moto y ponte en marcha. Y no nos falles- ya, sabía muy bien que no podía permitírmelo.

martes, 28 de agosto de 2018

Rose


A través de los enormes cristales conseguía ver el primer brillo de las estrellas de aquella noche, el cual anunciaban un clima apacible y, cuanto menos, deseado en aquel mes de febrero. Tamborileaba con los dedos, flexionada, sobre una enorme mesa blanca repleta de productos de belleza y otros cosméticos. 

A aquellas horas, los clientes esperados ya eran bastante pocos. Sin embargo, tenía la obligación de quedarme en mi puesto de trabajo hasta la hora acordada en el contrato, por mucho que supiese que no aparecería ninguna mujer buscando una crema hidratante capaz de disimular las arrugas o una pareja indecisa buscando un regalo un tanto peculiar. Suspiré con pesadez, echando un ojo al reloj dorado de un exquisito diseño, el cual colgaba de la entrada del negocio. Siempre había odiado la responsabilidad. El ocupar un cargo importante, deberse a un público o clientela y cumplir unas normas establecidas, era algo que nunca había ido conmigo. Quizá por eso, a pesar de haber finalizado mis estudios de derecho, había sido incapaz de ejercer como abogada o ocupar un puesto similar. Gracias a Robert, encontré un puesto de trabajo en BeautyLife, un negocio de cosméticos y belleza de alta gama. Realmente, jamás hubiese obtenido el puesto de no ser por él. Sus contactos hicieron que mi poca gracia al hablar y mis escasas habilidades de venta quedasen en segundo plano. Acepté el trabajo por él, por nuestra vida juntos y bajo la premisa de que la responsabilidad del puesto era escasa. Cuanto me equivocaba.

Caminé en círculos al rededor de la tienda. Los coches circulaban al otro lado de la cristalera, en mitad de una amplia avenida en pleno corazón de Saints Gate mientras que el número de personas paseando por aquella zona tan comercial descendía notablemente. A aquellas alturas del día siempre me lamentaba de cumplir turnos en solitario. Me hacía sentir insegura, además de hacerme sentir el aburrimiento hasta límites insospechados. Por ello, cuando oí que la puerta se abría, suspiré de alivio. — Buenas noches, ¿En qué pued...? — Al girarme, contemplé con asombro como Robert se encontraba quieto en la entrada, con los brazos echados hacia atrás y una sonrisa deslumbrante.
— Buscaba algo que regalar a mi futura esposa. Esperaba que usted pudiera asesorarme — Comentó con burla. Ignorando su broma, corrí a sus brazos, haciendo que nos fundiéramos en un tierno y largo abrazo.
— Me alegro de verte. ¿Todo bien?— pregunté, debatiéndome conmigo misma para apartarme de su chaqueta oscura y su olor a perfume caro. Él asintió sin más.
— El viaje ha sido todo un éxito. Tenemos un nuevo contrato con una antigua empresa proveedora de materiales que ahora se encuentra en una buena situación. La construcción en Saints Gate irá viento en popa este año— aseguró.
—Me alegro muchísimo. Tu padre debe estar maravillado con tu trabajo — Robert puso los ojos en blanco y después suspiró. Llevaba años notando aquella leve tensión, aquella vena pronunciada en su cuello y la gota de sudor que recorría su mandíbula afeitada cada vez que hablaba de su padre. No era nuevo para mí que quisiese evadir ese tema.
— ¿Cuanto queda para que termines de trabajar?—
— Unos... diez minutos— calculé.
—Te llevo a casa entonces—
—¿A cual casa?— pregunté arqueando una ceja. Coloqué un pie frente al otro, intentando no desestabilizarme con los zapatos de tacón, a la vez que me cruzaba de brazos.
—A la que esta noche quieras considerar como tu hogar— respondió con voz seductora. —Excepto la nueva. Ya sabes que prefiero reservarla para después de la boda— Ante aquel comentario, suspiré profundamente. Yo aún vivía en casa de mis padres, mientras que Robert hacía años que se había independizado y vivía en un lujoso bloque de apartamentos a las afueras. Algo normal por la diferencia de edad, claro. Sin embargo, aquel apartamento ya era como mi propia casa. Durante los tres años de relación, había pasado incontables días y noches con él en aquella casa. Sabía que no era mía, pero la concebía casi como tal. Pero ahora, no hacía muchos meses, Robert había pagado la entrada de un enorme chalet, también a las afueras, con el propósito que de aquel fuese nuestro nuevo hogar después de la boda.
—Oh, vamos. Soy yo la que se está encargando de decorarlo. Me ocupo de él más que tú- gruñí.
—Ya lo sé. Pero aun así, respeta mis deseos por favor. Me hace ilusión que vayamos juntos solo cuando ya estemos casados. ¿De acuerdo?— Relajé la postura y suspiré.
—Ya lo sé. Sólo tenía que probar. De todas formas, iré mañana ¿De acuerdo? Necesito comprobar qué color iría mejor para las cortinas del salón. Quiero poner algo plateado—

Los diez minutos pasaron demasiado deprisa desde ese momento. Al llegar la hora del cierre, comprobé que el negocio estuviese bien cerrado y la alarma activada antes de salir. Después, subí al coche de Robert, lamentándome a mi misma por no tener coche propio aún.

Al llegar a casa, una pequeña vivienda de dos plantas, ubicada en uno de los barrios más humildes de Saints Gate, ofrecí a Robert quedarse. Si bien al principio dudó, conseguí con voz dulce y ojos brillantes degustar la cena de mis padres junto a nuestra compañía. Al llamar al timbre, fue mi madre quien abrió la puerta. Vestía un delantal cuyos colores estaban blanquecinos y una de sus manos estaba cubierta por un guante para horno. El delicioso olor a pollo asado que el interior de la casa desprendía, quedo eclipsado con la sonrisa arrugada de mi madre.
—¡Robert! ¡Qué alegría verte!— Sin dudar, mi madre abrazó a Robert. Recuerdo que el día que presenté a mi pareja en familia, ella le abrazó de igual forma. Mi madre había tardado menos en establecer contacto con él que yo misma al inicio de nuestra relación —¡Harry! ¡Mira quien a venido!—
—Te he dicho que no dejes entrar a comerciales, Violet. Siempre parecen muy amigables. Son las facturas las que luego no son tan amigables— La voz carrasposa de mi padre le acompañó hasta que asomó al pasillo. Andaba un poco encorvado, como si acabase de levantarse del asiento y sintiese algún tipo de dolor. Sin embargo, se irguió rápidamente cuando nos vio en la entrada de la casa, como si quisiese aparentar algo. No conmigo, claro.
—Dichosos los ojos, muchacho. ¿Cuanto hace de la última vez que te dejaste caer por aquí?—
—Tres meses, señor— respondió Robert de forma educada. Mi padre mantuvo una mirada seria en todo momento, para, finalmente, relajarse y soltar una carcajada.
—Adentro, adentro todos. Violet ha preparado pollo asado y aún queda un poco de guiso de patatas del almuerzo. Aunque si queréis puedo haceros en un momento un poco de picoteo con un queso que compré ayer en un comercio cercano en el que...— Mi padre continuó hablando mientras Robert y yo entrábamos en la casa y nos dirigíamos hacia el comedor. Le dirigí una mirada complacida a la par que preocupada. Siendo consciente de los gustos y las comodidades en las que Robert se movía, a veces me preocupaba que pudiese llegar a estar incómodo dentro de una casa mas o menos pequeña y peor decorada que la suya propia.

Nos sentamos al rededor de una mesa redonda desplegable, la cual solo era usada en ocasiones especiales como Navidad. Mi madre sacó un mantel nuevo y mi padre repartió la cena, siendo especialmente generoso con Robert. No sólo porque fuese su futuro yerno, claro. Mi padre solía quedarse en paro en diversas ocasiones, ya que muchas empresas de Saints Gate quebraban con asiduidad. Debía muchos favores a Robert. Tantos, que siempre le tocaba la mejor parte del pollo asado a él.

La velada transcurrió lenta pero llena de gratitud. Mis padres sonreían, hablaban con Robert como si se tratase de un hijo más. Aseguraban estar impacientes por la boda, por los nietos, por el futuro... Yo no pude hacer otra cosa que sonreír. Frente a mí, tenía lo que siempre había deseado. Una vida perfecta. Una vida normal.

Robert

El avión aterrizó con su estruendo característico, una vez más. Voces, aplausos, alaridos de felicidad y jolgorio. Nunca lo entendí y nunca lo entendería por más que pasasen los años. La única alegría que podía llegar a sentir era por estar de vuelta en el hogar, en Saints Gate.

Descendí por las escaleras sacando el móvil del bolsilló de la chaqueta del traje. Distraido, casi ni me percaté de la azafata -Que tenga un buen día, señor- sonrió con dulzura, fue lo único que alcancé a ver cuando le dediqué una simple mirada. Falsas sonrisas. Estaba tan acostumbrado a ellas que las identificaba al momento.

La llamada dio tres tonos antes de que descolgaran el teléfono. Entonces pude oír su dulce voz -¿Ya has llegado?- sonreí. Era siempre un alivio tenerla al teléfono
-Sí, cielo... aquí estoy- comenté mirando a mis alrededores. A esas alturas, saliendo ya de la terminal. Como siempre, me esperaba mi coche personal. Diego me esperaba elegantemente vestido de negro a juego con su piel morena, agraciada por su ascendencia hispanoamericana. Monté en el vehículo tras esperar a que me abriera la puerta trasera del coche sin decirle una sola palabra. Él sabía que tampoco debía dirigírmela si estaba ocupado con una llamada -¿Cómo estás?-
-Bien, como siempre. Trabajando. No podremos hablar mucho-
-Lo lamento. Siento molestarte- dije con suavidad
-Nunca molestas, idiota- se rió -Ya tendremos tiempo para sentirnos importunados cuando nos casemos- comentó jocosa
-Oh... así que esa es la vida que esperas de mí- le seguí el juego con media sonrisa, mirando a través de la ventana. Los edificios pasaban como una procesión ante mi mirada.
-Bueno...- suspiró de forma teatral -¿Tienes planes el día de mañana de poner el fútbol en nuestra televisión mientras yo quiero estar viendo otra cosa? ¿O irte de bares con tus amigos mientras yo aguardaba pasar una noche tranquila con mi marido en casa? Si es así, espero grandes molestias-
-No puedes ser más cliché, Rose- estalló en risas al oír mi respuesta exasperada
-No seas tan aburrido Rob- dijo con su dulzura típica. Sonreí
-Además, es como si esperaras que fuesemos a vivir como un matrimonio típico, pobre y sin más recursos... ¿Irme de bares con amigos? Por el amor de Dios- ella se seguía riendo
-No menosprecies a los más humildes. Te recuerdo de dónde vengo-
-Y gracias doy por ello, pero si te aburres de algo o tendremos molestias, será de discutir en qué clase de hoteles quieres hospedarte mientras viajamos por todo el mundo-
-Eres tonto, definitivamente- volvió a suspirar, esta vez en serio -Oye... te tengo que colgar, no quiero que me echen una bronca-
-Si alguien te regaña, sólo tienes que decírmelo- comenté en tono suave
-Mi héroe- volvió a fingir treatralidad -Sé defenderme solita, querido mafioso. No necesito que vengas a partirle las piernas a nadie sólo por decirme que estoy infringiendo la ley en mi horario laboral- me mantuve en silencio. Otra llamada acudía también a mi móvil, así que también debía colgar -Nos vemos luego ¿sí? Estoy deseando verte Rob-
-Y yo, cariño. Nos vemos luego. Te quiero-
-Y yo a ti- colgó. Mi teléfono estalló en llamadas al instante. Suspiré.

-No me has llamado- la voz cavernosa de mi padre me martilleaba la sesera desde la primera palabra -Te dije que me llamaras en cuanto aterrizaras-
-Sí, padre. Lo lamento-
-Lo vas a lamentar- gruñó -¿Hablabas con tu chica?-
-Sí, padre- cerré los ojos
-No olvides tu lugar Robert. Ella no está antes que nuestra familia. No está antes que nuestros proyectos-
-Pero vamos a...-
-Me da igual que os vayais a casar. Es un lastre. Deberías estar agradecido al menos de que te permito contraer nupcias con una cualquiera que podría tirarlo todo al traste-
-Te aseguro, padre...- tragué saliva -Que Rose no será un problema-
-Más te vale. Ven de inmediato. Tenemos que atajar unos asuntos con Soo Li- fruncí el ceño al oír el nombre
-¿Ha vuelto?- miré a Diego, el chófer, a través del retrovisor. Él me devolvió la mirada. Señalé en una dirección y no tardó en obedecer mi orden. Supo hacia dónde le pedía que me llevara.
-Nunca se ha ido. Ese desgraciado de ojos rasgados y su panda de flacuchos tatuados están empezando a ser un pequeño dolor de cabeza. Tenemos que solucionarlo. Tienes que solucionarlo- su voz no presagiaba nada bueno
-Sí, padre-
-No me hagas esperar. O me temo que ese intento de boda tuyo va a tener que esperar más aún-
-...Sí, padre- la llamada terminó de forma abrupta -Maldita sea...- arrojé el móvil al asiento. Diego volvió a mirarme
-¿Todo bien, señor?-
-Conduce, en silencio- ordené -Por tu bien Diego. No me provoques, no ahora- mis palabras fueron claras y él sabía lo que podía suceder, por lo que optó por obedecer. Me alegré de ello ¿Es que podía surgir a caso algún otro problema más que no me permitiera disfrutar, aunque fuese por un sólo día, de un pequeño remanso de paz?

Jack

Llevábamos días en la carretera. Toda la hermandad se mantenía en convoy mientras avanzabamos de forma inexorable hacia nuestro destino. Los altos edificios de Saints Gate ya se divisaban cercanos por lo que no tardaríamos en poder estirar las piernas. Según Josh, nuestro líder y jefe de grupo, ya tenía apalabrado un local con un tipo en los bajos fondos que lo dejaba bastante barato, así que tendríamos dónde descansar. A ratos parecía que era mentira, desde luego. Me encantaba mi grupo, adoraba mi moto como si fuese mi chica, pero también disfrutaba de caminar por una ciudad de vez en cuando. Llevabamos tanto tiempo de trayecto, parando sólo para mear, tomar algo y dormir. Si lo supieran, si llegaran a oír lo que mi cuerpo me pedía, seguramente me echarían a pedradas de la banda pero... joder, si era cierto.

Llegamos con la caída del sol y con las primeras estrellas todo el asunto del local estaba terminado. Era un cuchitril, un viejo bar al que ya nadie acudía. El interior habría sido hermoso antaño, pero todo cuanto quedaba era asientos desgastados cuyo relleno sobresalía por diversos cortes producidos presumiblemente por peleas o gente aburrida con cuchillas. El suelo estaba lleno de mierda de rata, alguna que otra cucaracha y hasta un par de jeringuillas de viejos yonkis ocupas del local. Todo muy romántico -Bienvenidos a casa, tíos- dijo Josh, quitándose las gafas de sol por fin. Me preguntaba cómo no le molestaban incluso de noche
-Vaya un antro- se atrevió a apuntar por fin Dave, grande y fuerte. Todo un armario. Los tatuajes le asomaban por el cuello de la camiseta reptándole por el cuello hasta su cabeza rapada -¿No había un sitio mejor?-
-¿Tienes el dinero para un sitio mejor, David?- inquirió Josh con rintintín
-No me llames así- gruñó, cruzándose de brazos
-Pues deja de quejarte, "Dave"- se mofó -¿Los demás qué pensais?- yo esperé a la opinión de Martin, Sam y Morgan, que dieron su visto bueno. Yo sabía que lo hacían por no llevar la contraria a Josh. Tenía unos 50 y pico años pero era un verdadero peligro llevarle la contraria. No era el jefe por nada -¿Y tú Rogers? No has dicho nada-
-Yo...- medité -Supongo que es peor dormir en mitad de la carretera- concluí
-Veo que mis hermanos no están muy conformes con mi decisión...- se relamió los labios -Pero me complace anunciaros que esto es sólo el comienzo. Empezaremos los negocios en breve-
-¿Qué negocios?- Dave entornó la mirada
-Si hemos venido aquí cruzando casi medio país no ha sido sólo por quitarnos de encima a la ley. Esto es Saints Gate, muchachos-
-Ya sabemos el nombre ¿Pero qué tiene este lugar de especial? ¿Qué clase de negocios son esos que dices que vamos a hacer?- se desesperó Morgan, impaciente
-A esta ciudad la llaman La Rosa Negra entre el crimen organizado. Se dice que aquí manda la ley del más fuerte. La policía, el ejército, hasta el puto presidente de los Estados Unidos se cagaría en sus pantalones si intenta impor aquí su estúpida ley. Aquí vamos a mandar nosotros. Tengo ya un contacto- sonrió triunfal
-Nos fuimos de Omakley por meternos en movidas ilegales y vamos a hacer lo mismo aquí- apunté, sin comprender -¿Vamos a estar vagando de ciudad en ciudad recorriendo el país?-
-¿Y qué cojones esperas, Jack Rogers?- gruñó Josh -¿De dónde vas a sacar la pasta para vivir? ¿Para financiar a la hermandad?-
-¿Tan difícil es intentar abrir este antro como bar de paso o un taller?- se hizo el silencio entre mis hermanos y eso no era buena señal
-Parece que el pequeño Jack no capta de qué va todo esto- sonrió Dave. El "pequeño Jack" era el mote preferido para más de uno de ellos. Pese a mis 33 años, era el más joven... y el menos agresivo -No somos hermanitas de la caridad. Somos los Black Phoenix, muchacho. Y no vamos a aguantar a imbéciles que vengan a restregarnos su dinero. No voy a pasarme horas arreglando tartanas por unos míseros 50 pavos- bufó
-¿Y vamos a pasar droga hasta que nos tengamos que ir? No es productivo-
-¿Es que no escuchas o eres directamente sordo, capullo?- Josh empezaba a perder la paciencia. Tenía poca a decir verdad. Prácticamente ninguna -En esta ciudad manda el crimen. Hay algo, alguien, que controla los hilos. Y vamos a formar parte de ello. Empezaremos moviendo droga por las calles de esta enorme y preciosa ciudad y después daremos saltos a mejores posiciones. Nos haremos un renombre. El grupo crecerá, seguramente. Y nos haremos los dueños de este puto territorio- finalizó con una sonrisa escalofriante
-¿Pretendes que nos adueñemos de Saints Gate?- preguntó Morgan, interesado
-En este lugar, donde todo está permitido, sí. Dentro de unos meses la policía ni se atreverá a buscarnos. Sólo tenemos que tomar algo de poder y reconocimiento. Pero todo llega- entre mis hermanos empezaban a nacer sonrisas, carcajadas y júbilo ¿Realmente era yo el único imbécil que veía que no todo podía ser tan fácil? Una ciudad donde mandaban las manos negras de la sciedad, donde la ley era cada vez más débil... ¿Realmente Josh pensaba que no habría rivales tratando de hacerse con el poder? ¿De verdad... creía que todo se reducíría a pasar droga, hacer dinero y chantajear a los políticos del lugar? Sí, sí que lo creía. Lo daba jodidamente por hecho. Y por ello era la persona más equivocada del jodido mundo. No sabía, no tenía ni la menor idea, ni él ni ninguno de los miembros de la hermandad de toda la mierda que ibamos a encontrar... y yo el que menos.