Robert
La mirada de mi padre, Jacob, no podía ser más severa en el momento que colgué el teléfono. Ambos estábamos a solas, reunidos en su despacho en el piso superior de Grey Constructions. Su mesa, enorme e imponente, nos separaba a ambos. Él se apoyaba sobre los codos y a su vez, la cabeza sobre sus nudillos. Me estaba fulminando esperando a que le dijera el por qué debíamos interrumpir la reunión -¿Otra vez la chica?- preguntó tan gélido como una ventisca de invierno
-Me temo que sí- asentí y procedí a levantarme con cautela, despacio, esperando el ataque
-¿Hay algo que esa maldita mocosa no sepa solucionar sin ti, Robert?- preguntó por fin, aunque sorprendentemente sosegado
-Padre, es mi novia. Vamos a casarnos, por favor...- supliqué bajando la mirada
-Te diré algo, Robert- se reclinó sobre su fantástica silla y cruzó las manos sobre su vientre -Novia, esposa. El amor en general. Diablos, como si fuese tu esposo y te gustara chupar pollas... todo, todo eso- señaló con un dedo a un lugar imaginario -Es lastre. Todo es un lastre en esta vida, en estos negocios-
-Supongo que sé de lo que hablas-
-Sí, sabes de lo que hablo- se levantó el también y caminó unos pasos hacia el ventanal que tenía a sus espaldas. Desde ahí arriba, casi se veía toda la ciudad y Saints Gate no era precisamente pequeña -Me deshice de tu madre hace muchos años por la misma razón, hijo. No espero de ti cosa diferente-
-Rose no será un peso muerto como lo fue mi madre- aseguré
-¿Ah, no?- se giró levemente, mirándome por encima del hombro -Pues ahí estás, de pie en lugar de sentado. Cambiando la conversación que estábamos teniendo sobre la influencia de los putos chinos que están expandiéndose por nuestro territorio- su voz comenzó a encolerizarse. Se giró para mirarme con el ceño tan fruncido que hasta a mí me dolía -Derivas la importancia de nuestros negocios, de nuestro creciente imperio, por no se qué problema habrá tenido ahora el coño de turno- hizo un aspaviento con la mano, como si tirase algo sucio al suelo.
-Un problema de tráfico. Está en el hospital- confesé
-...¿Lo ves?- se apoyó sobre la mesa como un gorila, dejando el peso sobre sus manos -Es una mujer joven, demasiado joven. Es ignorante, idiota, torpe- negaba con la cabeza mientras enumeraba los, para él, infinitos problemas que tenía mi chica -Una mujer como ella sólo te llevará a la ruina Robert, porque yo no estaré siempre aquí para sacarte las castañas del fuego-
-Te prometo por mi vida, padre, que ella no será un problema para la Familia- me di la vuelta, deseando concluir la conversación. No iba a ser tan fácil
-¿La Familia?- habló como si estuviera sorprendido -La Familia...- asentía, con las cejas alzadas -Tú mismo, Robert, eres el mayor problema actualmente para la Familia- golpeó la mesa -¡Tú, maldita sea! ¿Cuando vas a tomar las riendas del negocio? ¿Cuando te vas a ocupar de nuestros enemigos? ¡¿Cuando cojones vas a aprender a empuñar un arma para protegerte y para subir podios en esta vida de mierda!?- volvió a aporrear la mesa -¡Porque si te preocuparas por la Familia, mocoso ingrato, estarías yendo al hospital ahora, sí, pero no con un móvil nervioso en la mano, sino con una pistola, para silenciar a esa maldita desgraciada que tienes por futura esposa: por torpe, por trepa y por inútil!- tronó -Cualquier día meterá la pata. O la meterás tú por ella, por estar tan encoñado. Debo suponer que la chupa de vicio, o que tiene un verdadero tesoro entre las piernas. O desnuda debe ser una diosa, como no lo aparenta vestida- me temblaban las manos. Me mordí la lengua -Porque te aseguro que no lo entiendo. No lo entiendo. Y sabes, hijo mío, que detesto que algo escape a mi entendimiento y comprensión-
-Sí, padre- dije finalmente -Lo siento, por todo- y me marché cerrando la puerta con la suavidad de la seda.
Jack
-Pues estás de suerte, muchacho. No tienes heridas graves. Un par de rasguños, unos moratones... y poco más- sonrió la agradable enfermera de cabellos rubios como el sol -¿Necesitas algo? Hasta que te demos el alta dentro de un rato puedes pedir lo que quieras- me guiñó el ojo
-¿Debo suponer que puedo pedir una como tú para llevar a casa?- correspondí con media sonrisa
-Mmm... Supongo que debo preguntar en cocina- dijo sugerente
-En la pastelería, querrás decir- ante aquel comentario, me dio con el informe en el brazo y se dispuso a marcharse, despidiéndose de Rose con una sonrisa
-Supongo que no estás tan mal- dijo de brazos cruzados mi vieja amiga de... ¿la infancia? No, de hace años. Dios, cuánto tiempo hacía que no la veía... y cuánto la eché de menos, en su momento -Estaba a punto de dejaros solos- comentó
-¿Te has puesto celosa?- pregunté jocoso
-Por todos los santos Jack- bufó -¿Cómo me voy a poner celosa? Deja de decir tonterías- se la veía agitada, preocupada. No percibí en ella humor para bromas -Estabas hecho una furia hace un rato y ahora mírate, coqueteando con una enfermera y... ¿Deduzco que tratas de hacerlo conmigo? Pierdes el tiempo, te lo aseguro- dijo muy seria
-Es broma, Rose. Es sólo que hace tanto tiempo que no nos vemos que... no sé cómo empezar a hablar contigo. Y en mi defensa diré que ella- dije señalando a la puerta por donde se fue la enfemera -fue la que empezó a coquetear conmigo. Me ha tocado en sitios donde no me he dado golpes-
-No necesito datos, Jack- Rose se cruzó de brazos, desesperada
-Oye...- me recoloqué sobre la camilla -Que estoy bien ¿vale? Joder, podrías, no sé, alegrarte un poco de verme tras tantos años- me encogí de hombros
-Podría decir que me alegraría si no te hubiese atropellado, diablos- negó con la cabeza
-Me han pasado cosas peores- aseguré con media sonrisa. Ella me miró de arriba abajo
-No sé por qué me da... que puedo creerme eso- reí ante el comentario. Y ante mi risa, ella sonrió. Entonces llamaron a la puerta.
Rose abrió para dejar pasar a un elegante y bien apuesto hombre un poco mayor que yo. Le dio un tierno beso en los labios y un fuerte abrazo. La abarcaba, la protegía. Veía a Rose refugiarse en sus brazos ¿Quién sería ese tipo? -¿Es el damnificado?- preguntó, como si apenas fuera un objeto cascado por el golpe del vehículo
-Sí, es él. Lo siento tanto. Estaba tan... ocupada y nerviosa que...- se excusó
-No pasa nada- metió la mano en la chaqueta y extrajo un talón de cheques. Además, tenía un bolígrafo exquisito. Pude deducir por mis años de experiencia que por ese objeto podría sacar unos buenos dólares en una tienda de empeños -¿Tu nombre, amigo? Vamos a zanjar esto rápido ¿De acuerdo? Pon un precio, el que quieras- me miró severamente -Pero tampoco te excedas. Sé realista, aunque quizá me permita hacerme el tonto y dejar que me times un poco si, a cambio, olvidas por completo lo sucedido hoy y olvidas el rostro de Rose para siempre- escribió algo en el cheque antes de que Rose le tomara la mano
-Robert...- masculló -Te... dije por teléfono que era un amigo- el hombre la miró con duda
-¿Lo hiciste?- ella asintió -Oh, vaya... Qué cabeza la mía- el tono con el que me miró y me habló cambió drásticamente -Si eres amigo, entonces, te dejaré que subas el precio algo más-
-Espera, espera...- sonreí -¿De qué va esto, Rose?-
-Él es Robert. Es mi futuro marido, nos vamos a casar pronto. Bueno, si te atropellé fue por eso, estaba liada con asuntos de boda y me lié con los pedales, con las señales, con la vida misma- se encogió de hombros -Y bueno, digamos que a Rob le gusta solucionarlo todo a golpe de dinero-
-No hables así de mí, cariño. No querrás dejarme delante de tu amigo como un típico empresario sin corazón pero con mucho dinero en los bolsillos- fue un intento de broma. No tuvo gracia. Ese hombre no tenía ni atisvo de gracia en su voz. Había algo en él que no me gustaba. Los últimos años que había pasado con los Black Phoenix me permitió conocer a un sin fin de personas de buen corazón y de mal corazón por igual. El aura del tal "Rob" no me inspiraba nada bueno
-No necesito dinero- dije entonces -Somos amigos desde hace años, así que no tengo intención de cobrar un duro-
-Pero supongo que tendrás que arreglar tu... ¿Moto?- preguntó el tal Rob arqueando una ceja. Estudió mi indumentaria para adivinarlo. No era difícil
-Mi moto...- entonces caí en la cuenta -¿¡Mi moto!? ¡Joder!-
-Tranquilo Jack, está estacionada junto a mi coche y...-
-¡No!- me puse en pie -No es eso. No lo entendéis. Disculpadme- quise pasar entre ellos
-Eh, espera, compañero- rió Rob -Te acercaré un momento, no vayas andando-
-Tengo que irme ya-
-Vale, vale, recoge lo que tengas que recoger. Y tú, Rose. Vamos a llevarlo con su moto y ya nos ocuparemos del coche- ambos se mostraban extrañados con mi actitud. No tenía tiempo, ni ganas, ni potestad para explicar el por qué.
Por lo demás, el tal Robert conducía como me temía, lento como una tortuga. Un ricachón de esa facha bien podía ser un pedante con aires de superioridad que iba regocijándose del enorme coche que tenía - cosa que estaba haciendo - o iba tan rápido como el tren bala de Japón importándole más bien poco los daños que pudiese ocasionar. Y me tocó el lento -¿Puedes ir más deprisa?- me desesperaba
-Ya estamos. No te preocupes- afortunadamente tenía razón. Ya la veía. Estaba ahí. Apenas paró el vehículo cuando bajé y comencé a inspeccionar la moto por todas partes -¿Muchos daños? ¿De cuanto te hago el cheque?-
-Mira...- apreté los puños para no mandarle a la mierda por bocazas -Todo está bien ¿vale, tío? Podéis iros si queréis. Ya me ocupo yo. Ha sido un placer volver a verte, Rose- ambos se miraron dentro del coche
-Jack...- me llamó la chica
-De verdad, Rose. Tengo que irme- me monté en la moto y me preparé para arrancar poniéndome el casco
-Jack- llamó de nuevo, esta vez con cierta vehemencia que me trajo agradables y amargos recuerdos por igual -Ten- me dio de nuevo aquella tarjetilla que me ofreció horas antes -Mi número. Llámame si necesitas algo, si la moto está dañada y no funciona o... Bueno, ya me entiendes- la miré a los ojos a través del cristal tintado del casco. Había cambiado poco, prácticamente nada. Su cara, sus ojos, su forma de expresarse tan marcada... Era tan distinta a su prometido que me daba escalofríos -Por favor, Jack. Ayúdame al menos a sentirme mejor conmigo misma-
-Está bien- dije cogiendo la tarjeta y guardándola en la chaqueta -¿Listo?- esas últimas palabras fueron suficientes. Quizá Robert perdió un poco la paciencia, que levantó el pie del embrague, aceleró y el vehículo comenzó a alejarse. Yo me quedé unos instantes viendo el corche alejarse de mí... y luego me preparé para el infierno que, seguramente, se me iba a cernir encima.
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