Rose
A través de los enormes cristales conseguía ver el primer brillo de las estrellas de aquella noche, el cual anunciaban un clima apacible y, cuanto menos, deseado en aquel mes de febrero. Tamborileaba con los dedos, flexionada, sobre una enorme mesa blanca repleta de productos de belleza y otros cosméticos.
A aquellas horas, los clientes esperados ya eran bastante pocos. Sin embargo, tenía la obligación de quedarme en mi puesto de trabajo hasta la hora acordada en el contrato, por mucho que supiese que no aparecería ninguna mujer buscando una crema hidratante capaz de disimular las arrugas o una pareja indecisa buscando un regalo un tanto peculiar. Suspiré con pesadez, echando un ojo al reloj dorado de un exquisito diseño, el cual colgaba de la entrada del negocio. Siempre había odiado la responsabilidad. El ocupar un cargo importante, deberse a un público o clientela y cumplir unas normas establecidas, era algo que nunca había ido conmigo. Quizá por eso, a pesar de haber finalizado mis estudios de derecho, había sido incapaz de ejercer como abogada o ocupar un puesto similar. Gracias a Robert, encontré un puesto de trabajo en BeautyLife, un negocio de cosméticos y belleza de alta gama. Realmente, jamás hubiese obtenido el puesto de no ser por él. Sus contactos hicieron que mi poca gracia al hablar y mis escasas habilidades de venta quedasen en segundo plano. Acepté el trabajo por él, por nuestra vida juntos y bajo la premisa de que la responsabilidad del puesto era escasa. Cuanto me equivocaba.
Caminé en círculos al rededor de la tienda. Los coches circulaban al otro lado de la cristalera, en mitad de una amplia avenida en pleno corazón de Saints Gate mientras que el número de personas paseando por aquella zona tan comercial descendía notablemente. A aquellas alturas del día siempre me lamentaba de cumplir turnos en solitario. Me hacía sentir insegura, además de hacerme sentir el aburrimiento hasta límites insospechados. Por ello, cuando oí que la puerta se abría, suspiré de alivio. — Buenas noches, ¿En qué pued...? — Al girarme, contemplé con asombro como Robert se encontraba quieto en la entrada, con los brazos echados hacia atrás y una sonrisa deslumbrante.
— Buscaba algo que regalar a mi futura esposa. Esperaba que usted pudiera asesorarme — Comentó con burla. Ignorando su broma, corrí a sus brazos, haciendo que nos fundiéramos en un tierno y largo abrazo.
— Me alegro de verte. ¿Todo bien?— pregunté, debatiéndome conmigo misma para apartarme de su chaqueta oscura y su olor a perfume caro. Él asintió sin más.
— El viaje ha sido todo un éxito. Tenemos un nuevo contrato con una antigua empresa proveedora de materiales que ahora se encuentra en una buena situación. La construcción en Saints Gate irá viento en popa este año— aseguró.
—Me alegro muchísimo. Tu padre debe estar maravillado con tu trabajo — Robert puso los ojos en blanco y después suspiró. Llevaba años notando aquella leve tensión, aquella vena pronunciada en su cuello y la gota de sudor que recorría su mandíbula afeitada cada vez que hablaba de su padre. No era nuevo para mí que quisiese evadir ese tema.
— ¿Cuanto queda para que termines de trabajar?—
— Unos... diez minutos— calculé.
—Te llevo a casa entonces—
—¿A cual casa?— pregunté arqueando una ceja. Coloqué un pie frente al otro, intentando no desestabilizarme con los zapatos de tacón, a la vez que me cruzaba de brazos.
—A la que esta noche quieras considerar como tu hogar— respondió con voz seductora. —Excepto la nueva. Ya sabes que prefiero reservarla para después de la boda— Ante aquel comentario, suspiré profundamente. Yo aún vivía en casa de mis padres, mientras que Robert hacía años que se había independizado y vivía en un lujoso bloque de apartamentos a las afueras. Algo normal por la diferencia de edad, claro. Sin embargo, aquel apartamento ya era como mi propia casa. Durante los tres años de relación, había pasado incontables días y noches con él en aquella casa. Sabía que no era mía, pero la concebía casi como tal. Pero ahora, no hacía muchos meses, Robert había pagado la entrada de un enorme chalet, también a las afueras, con el propósito que de aquel fuese nuestro nuevo hogar después de la boda.
—Oh, vamos. Soy yo la que se está encargando de decorarlo. Me ocupo de él más que tú- gruñí.
—Ya lo sé. Pero aun así, respeta mis deseos por favor. Me hace ilusión que vayamos juntos solo cuando ya estemos casados. ¿De acuerdo?— Relajé la postura y suspiré.
—Ya lo sé. Sólo tenía que probar. De todas formas, iré mañana ¿De acuerdo? Necesito comprobar qué color iría mejor para las cortinas del salón. Quiero poner algo plateado—
Los diez minutos pasaron demasiado deprisa desde ese momento. Al llegar la hora del cierre, comprobé que el negocio estuviese bien cerrado y la alarma activada antes de salir. Después, subí al coche de Robert, lamentándome a mi misma por no tener coche propio aún.
Al llegar a casa, una pequeña vivienda de dos plantas, ubicada en uno de los barrios más humildes de Saints Gate, ofrecí a Robert quedarse. Si bien al principio dudó, conseguí con voz dulce y ojos brillantes degustar la cena de mis padres junto a nuestra compañía. Al llamar al timbre, fue mi madre quien abrió la puerta. Vestía un delantal cuyos colores estaban blanquecinos y una de sus manos estaba cubierta por un guante para horno. El delicioso olor a pollo asado que el interior de la casa desprendía, quedo eclipsado con la sonrisa arrugada de mi madre.
—¡Robert! ¡Qué alegría verte!— Sin dudar, mi madre abrazó a Robert. Recuerdo que el día que presenté a mi pareja en familia, ella le abrazó de igual forma. Mi madre había tardado menos en establecer contacto con él que yo misma al inicio de nuestra relación —¡Harry! ¡Mira quien a venido!—
—Te he dicho que no dejes entrar a comerciales, Violet. Siempre parecen muy amigables. Son las facturas las que luego no son tan amigables— La voz carrasposa de mi padre le acompañó hasta que asomó al pasillo. Andaba un poco encorvado, como si acabase de levantarse del asiento y sintiese algún tipo de dolor. Sin embargo, se irguió rápidamente cuando nos vio en la entrada de la casa, como si quisiese aparentar algo. No conmigo, claro.
—Dichosos los ojos, muchacho. ¿Cuanto hace de la última vez que te dejaste caer por aquí?—
—Tres meses, señor— respondió Robert de forma educada. Mi padre mantuvo una mirada seria en todo momento, para, finalmente, relajarse y soltar una carcajada.
—Adentro, adentro todos. Violet ha preparado pollo asado y aún queda un poco de guiso de patatas del almuerzo. Aunque si queréis puedo haceros en un momento un poco de picoteo con un queso que compré ayer en un comercio cercano en el que...— Mi padre continuó hablando mientras Robert y yo entrábamos en la casa y nos dirigíamos hacia el comedor. Le dirigí una mirada complacida a la par que preocupada. Siendo consciente de los gustos y las comodidades en las que Robert se movía, a veces me preocupaba que pudiese llegar a estar incómodo dentro de una casa mas o menos pequeña y peor decorada que la suya propia.
Nos sentamos al rededor de una mesa redonda desplegable, la cual solo era usada en ocasiones especiales como Navidad. Mi madre sacó un mantel nuevo y mi padre repartió la cena, siendo especialmente generoso con Robert. No sólo porque fuese su futuro yerno, claro. Mi padre solía quedarse en paro en diversas ocasiones, ya que muchas empresas de Saints Gate quebraban con asiduidad. Debía muchos favores a Robert. Tantos, que siempre le tocaba la mejor parte del pollo asado a él.
La velada transcurrió lenta pero llena de gratitud. Mis padres sonreían, hablaban con Robert como si se tratase de un hijo más. Aseguraban estar impacientes por la boda, por los nietos, por el futuro... Yo no pude hacer otra cosa que sonreír. Frente a mí, tenía lo que siempre había deseado. Una vida perfecta. Una vida normal.
— El viaje ha sido todo un éxito. Tenemos un nuevo contrato con una antigua empresa proveedora de materiales que ahora se encuentra en una buena situación. La construcción en Saints Gate irá viento en popa este año— aseguró.
—Me alegro muchísimo. Tu padre debe estar maravillado con tu trabajo — Robert puso los ojos en blanco y después suspiró. Llevaba años notando aquella leve tensión, aquella vena pronunciada en su cuello y la gota de sudor que recorría su mandíbula afeitada cada vez que hablaba de su padre. No era nuevo para mí que quisiese evadir ese tema.
— ¿Cuanto queda para que termines de trabajar?—
— Unos... diez minutos— calculé.
—Te llevo a casa entonces—
—¿A cual casa?— pregunté arqueando una ceja. Coloqué un pie frente al otro, intentando no desestabilizarme con los zapatos de tacón, a la vez que me cruzaba de brazos.
—A la que esta noche quieras considerar como tu hogar— respondió con voz seductora. —Excepto la nueva. Ya sabes que prefiero reservarla para después de la boda— Ante aquel comentario, suspiré profundamente. Yo aún vivía en casa de mis padres, mientras que Robert hacía años que se había independizado y vivía en un lujoso bloque de apartamentos a las afueras. Algo normal por la diferencia de edad, claro. Sin embargo, aquel apartamento ya era como mi propia casa. Durante los tres años de relación, había pasado incontables días y noches con él en aquella casa. Sabía que no era mía, pero la concebía casi como tal. Pero ahora, no hacía muchos meses, Robert había pagado la entrada de un enorme chalet, también a las afueras, con el propósito que de aquel fuese nuestro nuevo hogar después de la boda.
—Oh, vamos. Soy yo la que se está encargando de decorarlo. Me ocupo de él más que tú- gruñí.
—Ya lo sé. Pero aun así, respeta mis deseos por favor. Me hace ilusión que vayamos juntos solo cuando ya estemos casados. ¿De acuerdo?— Relajé la postura y suspiré.
—Ya lo sé. Sólo tenía que probar. De todas formas, iré mañana ¿De acuerdo? Necesito comprobar qué color iría mejor para las cortinas del salón. Quiero poner algo plateado—
Los diez minutos pasaron demasiado deprisa desde ese momento. Al llegar la hora del cierre, comprobé que el negocio estuviese bien cerrado y la alarma activada antes de salir. Después, subí al coche de Robert, lamentándome a mi misma por no tener coche propio aún.
Al llegar a casa, una pequeña vivienda de dos plantas, ubicada en uno de los barrios más humildes de Saints Gate, ofrecí a Robert quedarse. Si bien al principio dudó, conseguí con voz dulce y ojos brillantes degustar la cena de mis padres junto a nuestra compañía. Al llamar al timbre, fue mi madre quien abrió la puerta. Vestía un delantal cuyos colores estaban blanquecinos y una de sus manos estaba cubierta por un guante para horno. El delicioso olor a pollo asado que el interior de la casa desprendía, quedo eclipsado con la sonrisa arrugada de mi madre.
—¡Robert! ¡Qué alegría verte!— Sin dudar, mi madre abrazó a Robert. Recuerdo que el día que presenté a mi pareja en familia, ella le abrazó de igual forma. Mi madre había tardado menos en establecer contacto con él que yo misma al inicio de nuestra relación —¡Harry! ¡Mira quien a venido!—
—Te he dicho que no dejes entrar a comerciales, Violet. Siempre parecen muy amigables. Son las facturas las que luego no son tan amigables— La voz carrasposa de mi padre le acompañó hasta que asomó al pasillo. Andaba un poco encorvado, como si acabase de levantarse del asiento y sintiese algún tipo de dolor. Sin embargo, se irguió rápidamente cuando nos vio en la entrada de la casa, como si quisiese aparentar algo. No conmigo, claro.
—Dichosos los ojos, muchacho. ¿Cuanto hace de la última vez que te dejaste caer por aquí?—
—Tres meses, señor— respondió Robert de forma educada. Mi padre mantuvo una mirada seria en todo momento, para, finalmente, relajarse y soltar una carcajada.
—Adentro, adentro todos. Violet ha preparado pollo asado y aún queda un poco de guiso de patatas del almuerzo. Aunque si queréis puedo haceros en un momento un poco de picoteo con un queso que compré ayer en un comercio cercano en el que...— Mi padre continuó hablando mientras Robert y yo entrábamos en la casa y nos dirigíamos hacia el comedor. Le dirigí una mirada complacida a la par que preocupada. Siendo consciente de los gustos y las comodidades en las que Robert se movía, a veces me preocupaba que pudiese llegar a estar incómodo dentro de una casa mas o menos pequeña y peor decorada que la suya propia.
Nos sentamos al rededor de una mesa redonda desplegable, la cual solo era usada en ocasiones especiales como Navidad. Mi madre sacó un mantel nuevo y mi padre repartió la cena, siendo especialmente generoso con Robert. No sólo porque fuese su futuro yerno, claro. Mi padre solía quedarse en paro en diversas ocasiones, ya que muchas empresas de Saints Gate quebraban con asiduidad. Debía muchos favores a Robert. Tantos, que siempre le tocaba la mejor parte del pollo asado a él.
La velada transcurrió lenta pero llena de gratitud. Mis padres sonreían, hablaban con Robert como si se tratase de un hijo más. Aseguraban estar impacientes por la boda, por los nietos, por el futuro... Yo no pude hacer otra cosa que sonreír. Frente a mí, tenía lo que siempre había deseado. Una vida perfecta. Una vida normal.
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