Rose
Aquel día tenía un turno de lo más tranquilo. Tras asesorar a varios clientes y conseguir que comprasen algunos cosméticos que, durante la reunión de empleados de principios de mes nos habíamos propuesto intentar vender con más asiduidad dado el alto índice de rentabilidad que tenían, conseguí finalizar la jornada laboral satisfecha.
El negocio habría sus puertas bastante temprano, a la par que otros comercios. Se buscaba competir de forma sana pero constante, de manera que el turno de mañana terminaba bastante temprano, justo antes del almuerzo. Lo que se traducía en casi todo un día libre para mí sola cuando me tocaba cubrirlo.
Aquel día mi padre me había dejado usar su propio coche, un montón de chatarra vieja que en más de una ocasión nos había dejado tirados en mitad de la carretera. Que mi padre me dejase el coche era algo común aquellos días en los que Robert no podía recogerme o no podía volver a casa con un compañero del trabajo, sin embargo, era algo que detestaba. Conducir era algo que se me daba bastante mal. Me ponía nerviosa, dudaba demasiado y en alguna ocasiones había llegado a tener algún que otro problema por conducir con demasiada lentitud. Por ello, se podía decir que la felicidad del día se vio ligeramente manchada por la idea de tener que volver a conducir.
Al salir de BeautyLife, me dirigí hacia los aparcamientos privados de los empleados. Antes de llegar, sentí una ligera vibración en el bolso, de manera que me detuve para abrirlo y tomar el móvil. El número que aparecía en la pantalla no estaba fichado, pero sin embargo, podía adivinar que se trataba de algo importante dada las próximas fechas. Descolgué el teléfono y una voz femenina y madura contestó. Se trataba de la wedding planner que Robert y yo habíamos contratado hacía ya algunos meses. Se me había olvidado que aquel día era la fecha límite para concretar algunos detalles de la futura ceremonia, de forma que durante segundos, sentí que el mundo se me venía encima — Vaya por Dios. Casi lo olvido — reí nerviosa. Para mi alivio, la mujer no pareció molestarse. Al contrario, afirmó estar acostumbrada a tratar con descuidos, olvidos y mucho estrés. —Por favor, hazme un repaso. ¿Qué cosas tenía que tener claras hoy? Acabo de salir del trabajo y tengo la mente en blanco—
Mientras la mujer enumeraba una larga lista de cosas entre las que se encontraba el decorado, las invitaciones, el catering, las flores nupciales e incluso las luces que colgarían del techo de palacete en el que se celebraría el acontecimiento, yo me limité a llegar hasta el coche y ponerme en marcha. Coloqué el teléfono móvil en el hombro tras arrojar el bolso en el asiento del copiloto, de forma que contaba con ambas manos para conducir. —A ver, a ver, a ver...— suspiré —Aun no puedo darte un numero exacto, ya sabes. Pero Robert y yo hemos avisado al rededor de unas cien personas. Es posible que no todas asistan, claro. O que alguna se una en el último momento. Podríamos encargar ciento viente invitaciones, por si acaso. — expliqué mientras tomaba una glorieta para salir de la larga avenida. La mujer hizo una larga pausa en la que, seguramente, tomaba nota en alguna libreta llena de anotaciones de colores, o al menos así pude imaginarla. —Por otro lado, hemos decidido que sea una fiesta nocturna. — añadí y una vez más, ella volvió a anotar. Entrecerré los ojos para pensar en cosas que había ideado o alguna otra cosa importante que decir, pero no encontraba nada más. Entonces, ella comenzó a hablar de la decoración. Explicó que había pensado colocar flores en los extremos de los bancos de la iglesia de Saints Gate, a la vez que decoraría los centros de mesa del palacete con las mismas. —Lo que más te guste. Lo dejo en tus manos.— Ella volvió a escribir y preguntó por el color —¿Como crees que se luciría el azul? — oí un largo suspiro acompañado de un chasqueo de lengua —De acuerdo, de acuerdo. — me tomé unos segundos para reflexionar y pensar en la paleta de colores escupida sorbe la iglesia —No quiero que sea dorado, parecería demasiado pretencioso. Prefiero colores suaves.— me mordí el labio inferior — ¿Qué tal flores lavanda? Estaba pensando que ese podría ser también el color del vestido de las damas de honor.— Esta vez, la mujer dio su aprobación. Aproveché sus segundos de escritura para volver a prestar atención a la carretera. Me había equivocado de dirección y juraría que alguien me había pitado por detrás.
Si bien pensé que tras aquellas ideas, la wedding planner colgaría el teléfono, sucedió todo lo contrario. Empezó a recitar como si de una poesía se tratase los diferentes tipos de menú que había pensado. Todo un completo de carne, pescado, verduras, bebidas exquisitas, frutas exóticas y dulces de lo más apetecibles. Mentiría si dijese que las tripas no me sonaron mientras la escuchaba. —Está bien, está bien. Lo comentaré con Robert — Por último, antes de despedirse, preguntó si mi prometido y yo nos habíamos aprendido ya algunos pases de baile. ¡El Vals! ¡Me había olvidado completamente! — ¡Madre mía, no me había...!—
Un golpe contundente hizo que el coche vibrase y que yo pisase el freno con terror. Me había saltado una señal de stop y había invadido una carretera que estaba siendo transitada.
Las manos me temblaron cuando solté el volante y el móvil calló al suelo, aún emitiendo preguntas preocupadas de la mujer. Alargué la mano para cogerlo y colgué la llamada. Lo mantuve en la mano, pues algo me decía que iba a tener que llamar a alguien y de urgencia.
Tragué saliva. Con un tremendo miedo en el cuerpo, abrí la puerta del coche y salí del mismo. Había una moto de color negro, brillante, tirada en mitad de la carretera. Poco más alejado de la misma, un hombre con casco se debatía por ponerse en pie mientras era rodeado por cada vez más personas que se encontraban cerca de aquel escenario. El brazo le sangraba y un pedazo de pantalón se le había rajado unos centímetros, dejando ver una rodilla igualmente sangrante.
—¡Cabrón, hijo de la gran puta! ¡Te has saltado la señal! ¡Como le hallas hecho algo a mi moto te juro que la vas a arreglar con tu puta saliva!— aquellos gritos cargados de insultos hizo que Rose echara a sudar como si hubiese corrido un maratón allí mismo. Las piernas le temblaron mientras se acercaba al hombre al que acababa de atropellar.
— Dios mío, lo siento muchísimo. De verdad. Ha sido un despiste.— comencé a decir —Puedo llamar ahora mismo a la aseguradora y pondremos solución a esto. Lo siento, lo siento, lo siento.— repetí. A mi al rededor, la gente me lanzaba miradas de total desaprobación. Murmuraban sobre el enorme error que había cometido y juraban cuan catastrófico pudiese haber llegado a ser. Por mi estabilidad emocional, decidí ignorarlos.
— ¡¿Eres consciente de lo que me cuesta mantener esa moto?! ¡Y me has arrojado a la carretera! ¡¿Ahora donde coño está mi móvil?!— siguió gritando el hombre una vez consiguió ponerse en pie. Se palpaba de forma frenética la ropa, buscando aquel teléfono que había perdido y que no llegaba a encontrar. Dada la situación, podía adivinar que había salido despedido de alguna forma.
— Lo siento. Le conseguiré otro, de verdad — tragué saliva. —¿Está bien? Voy a llamar a una ambulancia— comenté con decisión. Marqué el número de teléfono de Emergencias con dificultad, dado que los dedos me temblaban tanto que resbalaban por toda la pantalla táctil.
Posteriormente, conseguí hablar con una teleoperadora mientras el hombre al que podría haber matado seguía hecho un basilisco. Tras darle todos los datos de ubicación, colgué el teléfono y me armé de valor para mirar a la cara al hombre. —Oiga, escúcheme. La ambulancia está de camino. Voy a darle mi número de teléfono ¿De acuerdo? La aseguradora pagará todos los desperfectos que le haya podido ocasionar y yo misma le compraré un móvil nuevo si el suyo no aparece. Tranquilícese.— cada palabra que dije, salio de mi boca empapada en magma ardiente. Tenía la boca seca y pastosa.
— ¡No quiero otro puto móvil! ¡Quiero mi móvil! ¡Tenía cosas importantes! —
— Le he dicho que le compensaré — repetí desesperada.
El hombre terminó por quitarse el casco, el cual arrojó con desgana al suelo. Su pelo estaba empapado en sudor y tenía una barba muy desaliñada. Era joven, pero su rostro estaba salpicado por un sin fin de marcas de cansancio y preocupación. En resumidas cuentas, tenía muy mal aspecto. —¿Necesita llamar a alguien? Puede coger mi teléfono — extendí el brazo con el móvil en las manos. El chico suspiró pesadamente. Miró el móvil y después apartó la mirada de nuevo. Entendí que no quería nada de mi en aquel momento, de manera que pegué de nuevo el brazo al costado y se me acabaron las ideas. ¡¿Podía ser mas irresponsable?! Cuando Robert se enterase...
— Te va a costar muy caro esto —
— Lo siento mucho, de verdad —
— Joder... — gruñó el hombre, que se llevó una mano al brazo. Tenía la piel raspada y no paraba de sangrar. Retrocedí unos pasos hasta volver al coche y tomé el bolso. Del mismo saqué un pañuelo blanco con bordes dorados. En una esquina, estaba grabada la inicial de Robert y la mía. Se trataba de una muestra de mantelería para la boda que la wedding planner nos dio hacía unas semanas. Ahora, por fin, iba a tener verdadera utilidad.
— Use esto. La ambulancia no va a tardar —
— No quiero una maldita ambulancia — volvió a quejarse. Esta vez, aceptó coger el pañuelo, y al hacerlo, me miró por primera vez.
Sentí que estaba reparando demasiados minutos observándome, pero supuse que sólo estaba tratando de pensar una manera de hacerme pagar por lo que había hecho. Sin embargo, aquel estudio tan detenido se prolongó tanto que acabé mirándole para saber que ocurría. Y entonces, sus ojos brillaron. — ¿Rose? — Ante aquella pregunta no pude hacer otra cosa que arquear una ceja y fruncir el ceño después.
— ¿Me conoces? —
— ¿No te acuerdas de mi? — El sonido de la sirena de la ambulancia llenó las calles y eclipsó el murmullo de quienes seguían observando la escena.
Ladeé la cabeza, intentando encontrar un rostro familiar bajo aquella barba raída, pero me costó bastante.
— Soy Jack — Y entonces, abrí los ojos de pura sorpresa. ¡¿Jack?!
En primera instancia, Jack no quería ser atendido por los enfermeros que se empeñaron en estudiar las heridas que la caída le había proporcionado. Yo por mi parte insistí, de manera que, finalmente, Jack se dejó tratar. Los enfermeros aseguraron que el protocolo tras un accidente de tráfico les obligaba a trasladar al herido a las instalaciones hospitalarias para poder realizar pruebas exhaustivas de que no se había provocado ninguna lesión interna y descartar un posible malestar posterior. Aparqué el coche en un hueco entre dos furgonetas y entré en la ambulancia para acompañar a Jack. Durante todo el trayecto, fui incapaz de decir nada.
Al llegar al hospital, los enfermeros llevaron al hombre hasta una sala en la que le curarían las heridas. Posteriormente, quizá, le harían algún escáner. De manera que aquel día, al final, no iba a llegar pronto a casa.
Me dirigí hacia uno de los pasillos del hospital algo nerviosa. Tomé de nuevo el móvil y marqué el número de Robert. El día anterior me había dicho que estaría muy ocupado hasta la noche, pero estaba demasiado nerviosa y perdida como para no pedirle ayuda — Robert, sé que me dijiste que no te llamase, pero... tengo un problema muy gordo — expliqué — Estoy en el hospital. Acabo de atropellar a un amigo. Por favor, ven en cuanto puedas.—
Mientras la mujer enumeraba una larga lista de cosas entre las que se encontraba el decorado, las invitaciones, el catering, las flores nupciales e incluso las luces que colgarían del techo de palacete en el que se celebraría el acontecimiento, yo me limité a llegar hasta el coche y ponerme en marcha. Coloqué el teléfono móvil en el hombro tras arrojar el bolso en el asiento del copiloto, de forma que contaba con ambas manos para conducir. —A ver, a ver, a ver...— suspiré —Aun no puedo darte un numero exacto, ya sabes. Pero Robert y yo hemos avisado al rededor de unas cien personas. Es posible que no todas asistan, claro. O que alguna se una en el último momento. Podríamos encargar ciento viente invitaciones, por si acaso. — expliqué mientras tomaba una glorieta para salir de la larga avenida. La mujer hizo una larga pausa en la que, seguramente, tomaba nota en alguna libreta llena de anotaciones de colores, o al menos así pude imaginarla. —Por otro lado, hemos decidido que sea una fiesta nocturna. — añadí y una vez más, ella volvió a anotar. Entrecerré los ojos para pensar en cosas que había ideado o alguna otra cosa importante que decir, pero no encontraba nada más. Entonces, ella comenzó a hablar de la decoración. Explicó que había pensado colocar flores en los extremos de los bancos de la iglesia de Saints Gate, a la vez que decoraría los centros de mesa del palacete con las mismas. —Lo que más te guste. Lo dejo en tus manos.— Ella volvió a escribir y preguntó por el color —¿Como crees que se luciría el azul? — oí un largo suspiro acompañado de un chasqueo de lengua —De acuerdo, de acuerdo. — me tomé unos segundos para reflexionar y pensar en la paleta de colores escupida sorbe la iglesia —No quiero que sea dorado, parecería demasiado pretencioso. Prefiero colores suaves.— me mordí el labio inferior — ¿Qué tal flores lavanda? Estaba pensando que ese podría ser también el color del vestido de las damas de honor.— Esta vez, la mujer dio su aprobación. Aproveché sus segundos de escritura para volver a prestar atención a la carretera. Me había equivocado de dirección y juraría que alguien me había pitado por detrás.
Si bien pensé que tras aquellas ideas, la wedding planner colgaría el teléfono, sucedió todo lo contrario. Empezó a recitar como si de una poesía se tratase los diferentes tipos de menú que había pensado. Todo un completo de carne, pescado, verduras, bebidas exquisitas, frutas exóticas y dulces de lo más apetecibles. Mentiría si dijese que las tripas no me sonaron mientras la escuchaba. —Está bien, está bien. Lo comentaré con Robert — Por último, antes de despedirse, preguntó si mi prometido y yo nos habíamos aprendido ya algunos pases de baile. ¡El Vals! ¡Me había olvidado completamente! — ¡Madre mía, no me había...!—
Un golpe contundente hizo que el coche vibrase y que yo pisase el freno con terror. Me había saltado una señal de stop y había invadido una carretera que estaba siendo transitada.
Las manos me temblaron cuando solté el volante y el móvil calló al suelo, aún emitiendo preguntas preocupadas de la mujer. Alargué la mano para cogerlo y colgué la llamada. Lo mantuve en la mano, pues algo me decía que iba a tener que llamar a alguien y de urgencia.
Tragué saliva. Con un tremendo miedo en el cuerpo, abrí la puerta del coche y salí del mismo. Había una moto de color negro, brillante, tirada en mitad de la carretera. Poco más alejado de la misma, un hombre con casco se debatía por ponerse en pie mientras era rodeado por cada vez más personas que se encontraban cerca de aquel escenario. El brazo le sangraba y un pedazo de pantalón se le había rajado unos centímetros, dejando ver una rodilla igualmente sangrante.
—¡Cabrón, hijo de la gran puta! ¡Te has saltado la señal! ¡Como le hallas hecho algo a mi moto te juro que la vas a arreglar con tu puta saliva!— aquellos gritos cargados de insultos hizo que Rose echara a sudar como si hubiese corrido un maratón allí mismo. Las piernas le temblaron mientras se acercaba al hombre al que acababa de atropellar.
— Dios mío, lo siento muchísimo. De verdad. Ha sido un despiste.— comencé a decir —Puedo llamar ahora mismo a la aseguradora y pondremos solución a esto. Lo siento, lo siento, lo siento.— repetí. A mi al rededor, la gente me lanzaba miradas de total desaprobación. Murmuraban sobre el enorme error que había cometido y juraban cuan catastrófico pudiese haber llegado a ser. Por mi estabilidad emocional, decidí ignorarlos.
— ¡¿Eres consciente de lo que me cuesta mantener esa moto?! ¡Y me has arrojado a la carretera! ¡¿Ahora donde coño está mi móvil?!— siguió gritando el hombre una vez consiguió ponerse en pie. Se palpaba de forma frenética la ropa, buscando aquel teléfono que había perdido y que no llegaba a encontrar. Dada la situación, podía adivinar que había salido despedido de alguna forma.
— Lo siento. Le conseguiré otro, de verdad — tragué saliva. —¿Está bien? Voy a llamar a una ambulancia— comenté con decisión. Marqué el número de teléfono de Emergencias con dificultad, dado que los dedos me temblaban tanto que resbalaban por toda la pantalla táctil.
Posteriormente, conseguí hablar con una teleoperadora mientras el hombre al que podría haber matado seguía hecho un basilisco. Tras darle todos los datos de ubicación, colgué el teléfono y me armé de valor para mirar a la cara al hombre. —Oiga, escúcheme. La ambulancia está de camino. Voy a darle mi número de teléfono ¿De acuerdo? La aseguradora pagará todos los desperfectos que le haya podido ocasionar y yo misma le compraré un móvil nuevo si el suyo no aparece. Tranquilícese.— cada palabra que dije, salio de mi boca empapada en magma ardiente. Tenía la boca seca y pastosa.
— ¡No quiero otro puto móvil! ¡Quiero mi móvil! ¡Tenía cosas importantes! —
— Le he dicho que le compensaré — repetí desesperada.
El hombre terminó por quitarse el casco, el cual arrojó con desgana al suelo. Su pelo estaba empapado en sudor y tenía una barba muy desaliñada. Era joven, pero su rostro estaba salpicado por un sin fin de marcas de cansancio y preocupación. En resumidas cuentas, tenía muy mal aspecto. —¿Necesita llamar a alguien? Puede coger mi teléfono — extendí el brazo con el móvil en las manos. El chico suspiró pesadamente. Miró el móvil y después apartó la mirada de nuevo. Entendí que no quería nada de mi en aquel momento, de manera que pegué de nuevo el brazo al costado y se me acabaron las ideas. ¡¿Podía ser mas irresponsable?! Cuando Robert se enterase...
— Te va a costar muy caro esto —
— Lo siento mucho, de verdad —
— Joder... — gruñó el hombre, que se llevó una mano al brazo. Tenía la piel raspada y no paraba de sangrar. Retrocedí unos pasos hasta volver al coche y tomé el bolso. Del mismo saqué un pañuelo blanco con bordes dorados. En una esquina, estaba grabada la inicial de Robert y la mía. Se trataba de una muestra de mantelería para la boda que la wedding planner nos dio hacía unas semanas. Ahora, por fin, iba a tener verdadera utilidad.
— Use esto. La ambulancia no va a tardar —
— No quiero una maldita ambulancia — volvió a quejarse. Esta vez, aceptó coger el pañuelo, y al hacerlo, me miró por primera vez.
Sentí que estaba reparando demasiados minutos observándome, pero supuse que sólo estaba tratando de pensar una manera de hacerme pagar por lo que había hecho. Sin embargo, aquel estudio tan detenido se prolongó tanto que acabé mirándole para saber que ocurría. Y entonces, sus ojos brillaron. — ¿Rose? — Ante aquella pregunta no pude hacer otra cosa que arquear una ceja y fruncir el ceño después.
— ¿Me conoces? —
— ¿No te acuerdas de mi? — El sonido de la sirena de la ambulancia llenó las calles y eclipsó el murmullo de quienes seguían observando la escena.
Ladeé la cabeza, intentando encontrar un rostro familiar bajo aquella barba raída, pero me costó bastante.
— Soy Jack — Y entonces, abrí los ojos de pura sorpresa. ¡¿Jack?!
En primera instancia, Jack no quería ser atendido por los enfermeros que se empeñaron en estudiar las heridas que la caída le había proporcionado. Yo por mi parte insistí, de manera que, finalmente, Jack se dejó tratar. Los enfermeros aseguraron que el protocolo tras un accidente de tráfico les obligaba a trasladar al herido a las instalaciones hospitalarias para poder realizar pruebas exhaustivas de que no se había provocado ninguna lesión interna y descartar un posible malestar posterior. Aparqué el coche en un hueco entre dos furgonetas y entré en la ambulancia para acompañar a Jack. Durante todo el trayecto, fui incapaz de decir nada.
Al llegar al hospital, los enfermeros llevaron al hombre hasta una sala en la que le curarían las heridas. Posteriormente, quizá, le harían algún escáner. De manera que aquel día, al final, no iba a llegar pronto a casa.
Me dirigí hacia uno de los pasillos del hospital algo nerviosa. Tomé de nuevo el móvil y marqué el número de Robert. El día anterior me había dicho que estaría muy ocupado hasta la noche, pero estaba demasiado nerviosa y perdida como para no pedirle ayuda — Robert, sé que me dijiste que no te llamase, pero... tengo un problema muy gordo — expliqué — Estoy en el hospital. Acabo de atropellar a un amigo. Por favor, ven en cuanto puedas.—
No hay comentarios:
Publicar un comentario